• Pero la habladuría sin sentido ni fin, no es un fenómeno social, ni compete al ámbito de las comunicaciones o del lenguaje, como si este fuera sólo un medio o una característica de la condición humana. Esta habladuría envuelve la existencia al punto de llegar a confundirse con la existencia misma, a instaurar en el ámbito de la historia concreta, una experiencia banal.
lunes, 30 de agosto de 2021
Notas filosofía, historia, banalidad (2)
jueves, 19 de agosto de 2021
Notas: Nietzsche y la educación (I)
lunes, 16 de agosto de 2021
Artículo publicado: Memoria, olvido y trascendencia
Artículo publicado por la revista Cuestiones de Filosofía de la UPTC - Colombia, agosto de 2021
https://doi.org/10.19053/01235095.v7.n28.2021.11949
Notas filosofía, historia, banalidad (1)
• El hombre sabio debería ser capaz de desdeñarlo todo y también, impasible, de tolerarlo todo.
• La virulencia, el fervor, el entusiasmo colectivo, la convicción política, son enemigas de cualquier sabiduría auténtica. Esta consiste probablemente, en despojarse de entusiasmos y de convicciones, como de capas sucesivas de pesadez y ceguera.
• El conocimiento es analítico, la sabiduría es sintética. El primero desmenuza la realidad y la observa a través de lentes cada vez más poderosas para segmentarla y explicarla en unidades de sentido cada vez más pequeñas, más aisladas, es decir: especializadas. El especialista es casi lo opuesto al sabio; éste sintetiza la realidad, la conciencia y la reflexión, y obtiene de la vivencia una mirada de conjunto. Obtiene siempre un tipo, una idea. Comprende un sentido y, cuando lo comprende realmente, lo encarna, lo vive.
• La sabiduría del oráculo consiste en que de toda realidad, desdeña la apariencia y deja en soledad, al hombre frente a frente con su enigma: con la visión de sí mismo que sólo el contraste con la realidad puede ofrecer. En el enigma no observa nada más que su destino, su tarea, su condición y su tragedia.
• Por el cauce de cada vida concreta lo que fluye es la historia entera, si bien cada vida concreta sólo comprende una minúscula porción de esa realidad que es la historia. El torrente incontenible de la Historia transcurre, caudal grandioso e inabarcable, furioso, ciego, y para cada vida es sólo un destello de esa única vida tan vasta que nadie alcanza sólo a sospechar. Es cierto que cada alma comprende del mundo lo que su amplitud le permite, y así hay almas que alcanzan a percibir corrientes profundas; otras perciben murmullos lejanos y muchas, quizá las más, son sordas y ni siquiera se oyen a sí mismas.
• Ese ruido que percibo es la corriente inconmensurable en la que estoy inmerso. Ajena, lejana, profunda, me arrastra como a una hoja humilde y sin importancia, sin sentido o significado en ese torrente sin medida posible. Y sin embargo, esa pequeña conciencia lo es todo: es la posibilidad de captar el ruido incomprensible de la historia y es, a la vez, el ruido mismo.
• Cada conciencia particular es una partícula de la historia que transcurre. Todo conocimiento de la Historia, del pasado, del arte, toda interpretación, toda cultura hace resonancia del ruido de fondo interminable, inabarcable, inconmensurable, que es la Historia misma. Esta, la cultura, es en sí misma síntesis de los aspectos ahistóricos, históricos y suprahistóricos de la vida: su relación con el pasado, su capacidad de crear, su aspiración por lo eterno.
• Es necesaria una capacidad para entender a la Historia como desde fuera; es decir, que siendo un sujeto histórico, inmerso en la Historia, el observador requeriría alcanzar la visión de una tendencia, de un tipo o, si se quiere, la visión ahistórica que le permita comprender al hecho histórico desde la perspectiva del espíritu, de la formación del hombre y no sólo como conocimiento objetivo.
• La tarea filosófica es, ante todo, una tarea de lectura de la tradición, del mundo y de sí mismo, pero en todo caso, una tarea sintética: una obra filosófica tendría que ser una síntesis entre el mundo (el texto), la propia experiencia y la expresión vital (arte, acto) surgida de dicha lectura.
• El pensamiento filosófico es síntesis de la experiencia, la conciencia y la realidad.
• La experiencia contiene entonces tres dimensiones: una ahistórica, otra histórica y una más, suprahistórica. Una escisión excluyente en favor de una dimensión, o mejor, en detrimento de las restantes, implica un desequilibrio: exceso de análisis y empobrecimiento de las dimensiones de la vida.
• La vida fluye de esta forma entre tres dimensiones, la cultura en sí misma es una determinada síntesis de estos tres aspectos de la vida, con lo que cada una aporta al enriquecimiento de la experiencia vital. Una dimensión histórica en la que se manifiesta la vivencia: concreta. Una ahistórica donde surge el fundamento de la acción. Una suprahistórica que la justifica y le da su dimensión de eternidad, y su trascendencia.
• Quien observa la vida no sólo la observa para sí mismo, sino que además es a sí mismo a quien observa cuando ve la historia. La vivencia íntima y secreta de cada quien tiene el valor de la Historia misma tanto como experiencia concreta - como la vida de cada uno - como de ser una parte ínfima de la historia misma.
• El hombre educado (creador, portador de cultura) sintetiza en sí a su vez tres actitudes vitales frente a la historia: monumental, porque se educa en valores fuertes y con ejemplos edificantes, exigentes, demasiado altos incluso para sus propias fuerzas. Anticuaria, porque es heredero de la tradición y porque, además, ha requerido cierta capacidad de asimilar los aspectos más sombríos de la existencia, como necesarios, como historia. Y crítico, porque la cultura le requiere también mordaz, inquisitivo y, si se quiere incluso, cínico.
• Sin embargo, no se habla aquí de educación como formación en conocimientos objetivos, ni de cultura como acumulación o erudición. El filósofo es ese producto de la cultura, que incluso si está al margen de la cultura ha brotado del seno mismo de la cultura. Que aún si es imagen y síntesis de la cultura, refleja y sintetiza en sí justamente los valores más fuertes de esa cultura, los que incluso aparecen contradictorios al simple hombre educado, al docto, al profesor. El filósofo como síntesis de la cultura es no sólo la expresión teórica, es mucho más que eso, la expresión vital de la cultura y recoge en sí su decadencia y es en sí mismo su victoria sobre la decadencia y la mediocridad.
• Escribir siempre: es la única alternativa. Lectura seguida de escritura. De lo contrario, es tiempo perdido.
• La conciencia percibe y emite fenómenos.
• La lectura es cultivo del espíritu y la escritura, su manifestación.
• La escritura es, entonces, fenómeno de la conciencia.
• Los pensamientos se concretan en la acción, o en la palabra. Un pensamiento que no se concreta o se escribe, no pasa de ser fenómeno mental, soliloquio.
• El filósofo es espectador; del grado de su serenidad, incluso de su impavidez frente a lo que observa, depende así mismo el grado y la profundidad de lo que observa y aprende: de su filosofía. Inmovilidad del alma (Notas, 287): serenidad de ánimo, indiferencia, individualidad reservada; y sin embargo, agitación febril, incesante, del juicio. Filosofía.
• ¿Humanidad satisfecha? El intelecto insatisfecho, el deseo insatisfecho, la mente y el instinto prestos. El concepto de humanidad satisfecha describe a la burguesía y sirve de paradigma y condición para que sea posible el espécimen contrario: Nietzsche, Heráclito. El filósofo.
• La lectura es percepción: el texto asimilado por la conciencia que lee, no es el texto en sí mismo; es el fenómeno del texto original, lo que la conciencia, dentro de sus límites, percibe.
• La visión que de la cultura tiene Nietzsche en la segunda consideración intempestiva, asume la tarea del filósofo, como intérprete de la historia, pero no como un "analista", es decir, su trabajo no es analítico, sino, al contrario, es sintético: la filosofía como expresión de la cultura es una experiencia de síntesis (ya lo hemos dicho) entre la experiencia concreta, la realidad y la conciencia (?).
• Toda realidad puede ser banal, y todo pensamiento puede no serlo… sólo la conciencia puede salvar al mundo de la banalidad, y a la vivencia, del olvido. La vida consciente, ciertamente no evita la muerte; pero sólo si es consciente, la vida enfrenta (de la muerte) su poder aniquilador.
• El asceta suprime el deseo solo para satisfacer un deseo más profundo.
• El problema de la comprensión del mundo es esencialmente un problema estético. La creación artística es transfiguración del mundo primigenio, del mundo "tal como es", que es en sí incognoscible y que sólo se muestra como fenómeno. El hombre que observa dota de sentido al mundo que observa. El sentido del mundo pertenece al terreno de la conciencia, no al afuera, no al mundo en sí mismo: el mundo en sí mismo no posee un "sentido".
• La tragedia sería, según esta interpretación, la creación resultante del encuentro de dos dimensiones del mundo: del caos fundamental que es el mundo originario donde no existe una razón; y de la razón misma que pretende dotar de sentido a ese mundo.
• Apolíneo es el instinto de la razón, creador de ciencia y de arte. Dionisíaco es el instinto destructor, colectivo, la euforia, el éxtasis y desenfreno, la brutalidad y lo salvaje.
• ¿Los hemisferios cerebrales?
• Logos es el pensamiento discursivo: la forma de conocimiento propia de la filosofía. Si bien la experiencia -o la intuición- que la filosofía transmite, es conocimiento iniciático, es misterio que sólo se transmite mediante el discurso. No hay filosofía sin discurso.
• Colli (1977) propone una teoría del origen de la filosofía análoga a la nietzscheana del origen de la tragedia: recurre a símbolos, que cumplen en la historia de la cultura el trabajo que cumplen los mitos: explicar realidades inalcanzables por medio de grandes metáforas.
• "La locura es la matriz de la sabiduría". (Colli, 1977; 17)
• La memoria salva de la muerte. Los hombres individuales, mueren. Pero la memoria se conserva y con ella salva del olvido la obra del hombre, su pensamiento, logos, su único bien.
• El hombre mantiene una relación agónica con su memoria: esta le libera de la animalidad, la esclavitud y la muerte (el olvido) pero a la vez le sujeta al pasado: su historia lo determina y, muchas veces, lo condena.
• No puede permanecer fuera de la historia y no puede superarse sin superar su historia.
• La vida es un fenómeno esencialmente histórico. Esto es evidente por cuanto sólo se existe en el tiempo. Todo ente pensado o intuido que esté al margen de la historia (ahistórico, suprahistórico) es primero una intuición temporal, es decir, histórica (porque toda conciencia así como todo producto de la conciencia es histórico). Pues quien intuye a Dios, a la Historia, al universo infinito, al tiempo; incluso a la muerte, ese estado en el que el tiempo cesa, es siempre un ser concreto, mortal, temporal e histórico. La historia como vivencia es un hecho evidente y fundamental, y la Historia como memoria en sí misma la evidencia de este hecho fundamental: sólo el hombre es histórico, en una naturaleza y en un universo de lo natural y de lo físico, que es ahistórico y suprahistórico, intemporal, indiferente al tiempo. En el universo infinito en que todo retorna, eternamente, sólo la conciencia es fugaz porque se sabe fugaz, porque sabe su vida como temporal, finita, perecedera.
• Hay entonces un conflicto entre la temporalidad del hombre (su historicidad) que se sabe caduco y mortal (y en consecuencia crea la cultura) y el universo de lo natural que es indiferente y en el que todo fenómeno retorna, implacable, indiferente, eternamente.
• El universo no es caótico: en él todo retorna eternamente. La idea del caos es, justamente, eso mismo: una idea. Un producto de la mente que ordena, relaciona, razona en el tiempo. La razón opera ordenando en ciclos temporales la evidencia del universo que no hace otra cosa que retornar.
• ¿Todo razonar transcurre? ¿Todo razonamiento es temporal? ¿La razón es, en sí misma, un fenómeno temporal? Es decir ¿histórico?
• Incluso las intuiciones que parecen inamovibles o eternas, ocurren en el tiempo. El pensamiento transcurre. Es temporal. La razón es un ente histórico. Como la consciencia.
• Colli (1977; 39) acerca de la sentencia "conócete a ti mismo", de importancia en la interpretación de CI II, afirma que los oráculos no necesariamente son proféticos o adivinatorios, sino que podrían significar una pauta de la razón frente a la hybris o irracionalidad que significa para el hombre desconocer su naturaleza divina, y desobedecer a su propia naturaleza. Conocerse puede significar conocer la naturaleza propia y la historia propia; la mesura y la razón más que normas inviolables o inmutables son enseñanzas de la historia. El hombre sabio sintetiza en sí historia y naturaleza.
• La Filosofía comprende gestos eternos, tipos, modos de vida que son modos de percibir el universo. Pocas ideas cambian realmente en el transcurso de los siglos; hombres sucesivos encarnan, una y otra vez, ideas y pasiones que retornan, eternamente.
• El carácter intempestivo del pensamiento tiene que ver con la permanencia de unos temas esenciales que retornan a través de la multitud de seres que retornan en su individualidad anónima.
• Colli (1977; 93): ...en el escrito, la individualidad de pierde.
• Según la teoría que aquí sostiene Colli, la sabiduría es anterior a la filosofía. Aquella designaba un conocimiento personal, altamente individual y exclusivo del sabio, es decir de quien lo vivía. Si bien la razón del sabio es conocimiento, este permanece casi secreto pues su propia naturaleza le hace intransmisible, incluso inefable. Secreto y casi vedado a un grupo reducido de iniciados. La filosofía a partir de Platón es en cambio la manifestación literaria del pensamiento, que al ser fijado como texto se hace accesible incluso a aquellos a quienes importa el conocimiento y no, necesariamente, la sabiduría. La dialéctica que da origen al saber se confina entonces dentro del texto, que aparentemente lo deja inmóvil.
• El texto, sin embargo, adquiere sentido para quien lo interpreta, es decir, realmente lo lee, no como simple producto retórico, sino como fuente de inquietud y de confrontación con la propia realidad, valga decir, como provocación a la propia conciencia.
• Colli parece sugerir que la filosofía necesariamente es una disciplina discursiva. Lo es, al igual que la sabiduría, en la medida que el razonamiento (logos) es un fenómeno temporal (porque transcurre en un tiempo). Pero la filosofía se escribe: se hace estática, mientras el logos discurre. La filosofía es ya la racionalización de un conocimiento inmediato, el saber, la sabiduría.
• Todo es posible dentro de lo posible.
• Si embargo la sabiduría es inmediata, íntima y hasta cierto punto, inefable. La Filosofía es ya discurso sobre el saber, es decir sobre la intuición de una forma de vida superior, de una verdad, de una posibilidad de elevación. La Filosofía por eso es extemporánea, o mejor, intempestiva. Discurre sobre potencias suprahistóricas y hunde sus raíces en el abismo de la no-historia, en el fondo desconocido de la historia a la que ninguna intuición o conocimiento científico logra llegar. Y sin embargo, pasa por la mente de seres mortales, temporales (históricos). Aspira a trascender pero el sustrato del que proviene (la misma vida) es histórico, transcurre, y se dirige a la muerte.
• La vida del animal es ahistórica porque al tiempo que vive, olvida. El ser histórico, el hombre, no olvida el hecho de que va a morir; a lo sumo, ignora esta certeza deliberadamente, la aplaza. En eso consiste su única vanidad: toda su vida de apariencia y lucha es una lucha en contra de la conciencia de ese hecho, el más incierto y a la vez el único cierto. El ser supra-histórico se trasciende a sí mismo justamente con ese fin: quiere superarlo creando o creyendo.
• Pero, la propia vida de cada quien es la superposición de estos tres planos: la inconsciencia casi animal del niño, su conciencia de la muerte, su necesidad de trascender.
• "Tal es precisamente la tesis que el lector..."
• Eneida. Primera lectura. Junio 6 2020.
• Únicos vicios permitidos: leer, escribir, beber un poco.
• La inconsciencia gobierna la mayor parte de la vida, el olvido y el sueño prevalecen sobre la memoria y la consciencia. El elemento ahistórico de la vida. Sin embargo, el hombre se empeña cada día en su ser histórico (al punto que confunde su ser histórico con su ser entero). Pero el ser que quiere trascender, y derrotar a la muerte como idea, como arte o como Dios, es el ser suprahistórico, es la vida que quiere permanecer.
• Un carácter de la vida puede ser dominante sobre los otros: así, cuando domina el carácter ahistórico, y el hombre es indiferente a su historia; su vida es casi una sucesión de actos reflejos donde no hay reflexión, o preguntas que atormenten la existencia. Si es eminentemente histórico, vive empeñado en su transcurrir, en la marcha de los hechos del mundo material. El suprahistórico aspira al más allá, a la trascendencia; pero entonces su vida mortal pierde valor frente a su propio trascender, y por ganar la vida más allá se pierde la vida del aquí y el ahora. En la sabiduría las dimensiones de la vida pugnan entre sí. El hombre más sereno, el sabio, vive en sí la agonía (la lucha) entre sus instintos fundamentales.
• Sólo se puede hablar de conciencia si hay una síntesis entre las dimensiones de la vida: consciente de su historicidad y por lo tanto, de su finitud. Inquieta por su carácter suprahistórico y, en esa medida, indiferente en un cierto grado al devenir de lo histórico, pues entiende dicho plano como perecedero y sin embargo, como el único inmediato. Y por ello mismo, ahistórico, pues la vida necesita olvidar más de lo que necesita recordar. No hay vida si hay sujeción al pasado: sólo se puede ser libre de la propia historia, trascendiendo el horizonte de la propia vida.
• Postulo que la única libertad posible es la liberación de la propia historia, cuando esta liberación propende un vivir propio.
• La única libertad posible consiste en liberarse de la propia historia.
• ¿Y, qué sabemos del pasado? Del nuestro, apenas lo que recordamos. Nuestras certezas son tan débiles como nuestra memoria. Y de la historia del mundo, podría ser que así como en la experiencia personal, la imaginación sustituye la memoria, en la vida colectiva, un relato ajeno, siempre exterior, constituya la historia. La memoria es una ilusión, ya propia, cuando se ocupa de la experiencia personal y concreta; siempre ajena si se ocupa del pasado colectivo.
• ¿Qué clase de certeza se puede tener sobre la historia colectiva, si sobre los hechos más cotidianos, dos personas nunca recuerdan lo mismo?
• La Historia es un relato del que nunca podemos tener certeza, acerca de su carácter de realidad o de ficción.
• No hay certeza ni de la historia inmediata. El olvido es más fuerte que la memoria. Por eso la humanidad ha inventado y perfeccionado una mnemotécnica, pero esta se confunde con la ficción, y los límites entre memoria de los hechos y ficción, nunca son claros ni están definidos.
• Eterno no es aquello que nunca cesa, sino eso que siempre está presente.
• La única escritura que posee valor, es aquella en la cual se manifiesta el pensamiento luego de concentrarse en sí mismo: la que resulta del ensimismamiento, de la búsqueda en el interior de la conciencia y en las imágenes que ésta, la conciencia, arranca al mundo exterior como la luz que ilumina las cosas. Éstas, las cosas, están muertas, inertes, hasta que el pensamiento íntimo las ilumina y produce las imágenes que la luz de la conciencia hace brotar de ellas. Los fenómenos son la acción refleja de la conciencia, por lo tanto, los fenómenos tienen el valor que la luz (la conciencia) les transfiere. La conciencia ilumina las cosas, y los fenómenos que resultan de esa transfiguración poseen el valor que la conciencia les otorga. Así, la escritura vale tanto como el pensamiento que la produce; lo demás es parloteo, y pérdida de tiempo.
• Nuestras opiniones no nos hacen importantes, ni suman nada importante al mundo. Sólo unos distraen de nuestra futilidad y completa falta de importancia.
• Creo que La montaña mágica es acerca de un hombre que ve cómo el mundo se cae a pedazos mientras él permanece impávido. Si el mundo lo empuja a la acción es por obra de la inercia. Y creo que eso mismo nos pasa a todos, y nos consolamos de nuestra inanidad, opinando.
• No es posible definir el ser, porque la pregunta "qué es el ser" contiene una tautología: al interrogar acerca del qué es, pretende un conocimiento que implica en la pregunta la respuesta misma.
• Sin embargo, es posible pensar en lo que constituye al ser.
• El ser se constituye por cuatro elementos: cuerpo, mente, alma y espíritu.
• El cuerpo es, por supuesto, el sustrato material del ser.
• La mente es el sustrato de la conciencia, la conexión entre el sustrato material (cuerpo) y lo exterior..(mundo); pero también, el terreno interior donde ocurre la conciencia.
• La conciencia ocurre: es temporal, existe en el tiempo, al igual que el cuerpo.
• El alma es el principio de la vida y, como tal, el elemento creado del ser: el ser es creatura.
• El espíritu es el principio creador que habita en cada ser. El hombre es creado, porque no ha determinado ni decidido existir (es creatura). Pero crea, en tanto decide.
• No hay vida sin cuerpo, conciencia sin mente, arte sin espíritu ni ser sin alma.
• Del cuerpo se ocupa la fisiología; de la mente, la psicología; del alma la religión y del espíritu el arte. De todas se ocupa la filosofía.
• Por esto, la filosofía se ocupa de la historia, de la religión, del arte, de la ciencia y de la conciencia.
• Ser consciente es aquél que se sabe creado en cuanto alma, temporal en cuanto cuerpo, creador en cuanto espíritu e inteligente en cuanto mente.
• Se sabe, por lo tanto, vivo y mortal.
• El ser contiene dentro de sí lo finito y lo infinito, lo vivo y lo mortal, lo consciente y lo irracional, la memoria y el olvido, lo creado y lo creador, lo eterno y lo temporal.
• El ser es precario y trascendente.
• Es la búsqueda incesante y la creación constante.
• También la destrucción del mundo, de sí y del otro.
• El otro es lo incognoscible en sí. La cosa en sí inaccesible; lo igual en tanto fundamento, y sin embargo, lo absolutamente fuera de sí.
• La trampa del mundo es la prostitución del ser: del cuerpo, de la mente, del espíritu y del alma; la esclavitud.
• Más allá del bien y del mal, 1; 17. Sobre el pensamiento.
• SCH. El ocultismo, (20). No comprendemos ni a las cosas ni a nosotros mismos.
• Es decir, estamos inmersos en la apariencia, en lo fenoménico.
• ¿Hay realidad y fenómeno? Sí, es lo que la evidencia sugiere.
• SCH, (35). Una maldición cualquiera se realiza ordinariamente; ¿por qué? porque sale del corazón.
• Roger Bacon. Opus majus.
• Metafísica es toda realidad inaccesible a nuestra conciencia y razón.
• Aprovechar los momentos de locura entre tanta lucidez sin sentido.
• Mi locura es pequeña y profunda. Pero al menos es mía.
• La verdadera transformación personal es dejar de perder el tiempo.
• No importa ser revolucionario; cualquier revolución es colectiva y por lo tanto, gregaria, es decir: todo revolucionario es doctrinario y al final, fanático. En toda revolución hay quienes piensan, los menos, y quienes obedientemente ejecutan la revolución. Es decir que todo revolucionario al final puede ser esclavo de su propia revolución. Lo importante es ser rebelde. La rebeldía es una actitud personal, un temple y una de las formas esenciales de vivir. El rebelde lo es siempre, cualquiera que sea su circunstancia; incluso los privilegiados pueden ser rebeldes, y son, de hecho, los rebeldes auténticos. Un privilegio puede ser material, y sin embargo es el privilegio más débil; privilegiado es el que ve, el consciente, el que conoce. Se sabe igual a todos, mortal, precario; pero sabe que su libertad es su único bien, conoce su propia búsqueda de libertad como su único privilegio. Esta es su lucha permanente y la raíz de su rebeldía.
• No hay remordimiento comparable al de desperdiciar la vida.
• El papel del trabajo en la transformación del hombre en mono.
• Hay formas de esclavitud que son autoimpuestas. El hombre más despreciable es aquel que escoge sus cadenas.
• Tres grandes mentiras de nuestro tiempo: libertad sexual, libertad de elegir, libertad de opinar.
• Escribir libros nunca ha solucionado nada.
• TERCERA LECTURA DE "SER Y TIEMPO". Como parte de una investigación acerca del ser temporal o histórico en CI II de F. N.
• Y, como parte también del trabajo acerca de la cotidianidad y el silencio como características del ser (dasein)
• El estudio de lo que Heidegger denomina "uno" en Ser y tiempo, como reino de la opinión, de lo comúnmente aceptado y "pensado". En la sociedad actual de las "redes sociales" el fenómeno se intensifica al propagar la idea falsa de que cada quien tiene su propia voz: opinión a cambio de pensamiento; falsa autenticidad.
• Cfr. SZ, 42, la comprensión del ser del Dasein es siempre histórica.
• En el numeral 6 se aborda esta cuestión: el Dasein es siempre lo que ha sido: es su pasado. Como tal, su tradición lo determina (42).
• Banalidad: del sexo, del amor, de la risa, de la experiencia religiosa. Banalidad de la palabra, en general, de la experiencia.
• Banalidad como pérdida de toda sacralidad o sentido.
• Banalidad de la academia.
• Banalidad de la amistad.
• Banalidad de la política.
• Banalidad de la opinión y de la palabra.
• Banalidad como instrumento de poder.
• Toda experiencia es susceptible ser banal.
• Banalidad de acumular experiencias frente a la posibilidad de tener una experiencia auténtica.
• Lo banal, por lo tanto, no se refiere exclusivamente al ocuparse en lo trivial cotidiano. Alcanza, en niveles y formas que nada tienen que ver con lo superfluo de los temas a los que se alude, todas las posibles esferas del saber y del vivir. Hay por lo tanto una banalidad de la política, de la ciencia, del arte o del mismo pensamiento filosófico, en la medida en que la comprensión acata un discurso universalmente aceptado, un discurso "único", unívoco, un discurso del uno comprensor. Banalidad es en cualquier caso lo hegemónico, sin reparar en lo que las consecuencias de tal hegemonía puedan significar en lo político, en lo ético, en el alcance de la ciencia, en general, en lo humano.
• Banal es aquello que nos distrae de lo existencialmente evidente.
• SZ (51). Si alguna vez la ambigüedad es propia de la habladuría, lo es en este decir sobre la muerte.
• Un exceso de historia, como el exceso de interpretación, a cambio de desocultar, de traer a la luz la verdad originaria, la oculta. El auténtico origen existencial de aquello que constituye nuestro conocimiento, y todo lo que llamamos verdad, permanece oculto por capas sucesivas de significado. Estos diversos significados acumulados han revestido a los hechos concretos, han reemplazado con sentidos diversos la inocencia del devenir. Historia no es tanto la evidencia de hechos concretos como la sofisticada elaboración de una metafísica de los hechos, de una teleología y fabricación de sentido — de una cultura…
• SZ (53). El adelantarse le abre a la existencia como posibilidad extrema la de renunciar a sí misma quebrantando así toda obstinación respecto a la existencia ya alcanzada.
• El hombre, entonces, no se debería concebir como un sujeto puro enfrentado al mundo, ni el mundo como un objeto ajeno al ser y al que este ser interroga, descubre y confronta. No hay un objeto separado de la conciencia, pues es la conciencia lo que hace posible el objeto; sujeto y objeto conforman una unidad, una conciencia y un mundo con sentido. Entonces, el uno mismo concreto que es cada quien, es siempre y desde un principio el uno como conciencia "general", como ser y existencia "compartida" que pertenece a la generalidad; el uno en el que somos arrojados, es la articulación completa y previa del "mundo" y de la conciencia arrojada en él. Por eso el camino de la filosofía no es el de adentrarse en ese uno; ya que en ese uno habita, existe, se es arrojado en él originariamente. Todo ser es lanzado a una existencia colmada de sentido, de remisionalidades y de referencias a un mundo previo en el que se debería poder habitar sin mayor problema y sin cuestionamiento. La angustia es ese sentimiento, ese temple de ánimo que sin embargo siente como extrañeza ese ser arrojado, y a partir del cual la conciencia, en cambio de perderse en ese uno y en esa interpretación fáctica, se dirige hacia sí mismo y se persigue. El ser que es uno propio se concibe como "extranjero" en ese uno de la generalidad, y en la búsqueda del sentido presente en sí mismo debe sacrificar su comodidad, su tranquilidad y su narcótico ser en el uno general, el pensar como se piensa, el actuar como se actúa, el vivir como se vive y el morir cono se muere. Toda distracción de la tarea de conocer-se es concebible como banalidad.
• "El tiempo originario es finito" (SZ, 66; p. 346). Toda noción de infinito surge de la conciencia, esto es, de la comprensión abierta del ente finito que, además de ser finito, se sabe finito. El tiempo como certeza inmediata mide, para la conciencia, el lapso entre el despertar a la vida, y la muerte. Pero toda consciencia del tiempo en tanto existencia es un contraste entre el carácter perecedero de la vida propia y la vastedad del universo, y lo es a su vez toda reflexión acerca de un tiempo infinito, ilimitado. La eternidad es una noción posible únicamente ante la evidencia de la muerte. Angustia es el sentimiento derivado de la vital certidumbre de la muerte y de la mortal incertidumbre de un tiempo eterno, acaso vislumbrado, anhelado pero en último término, incierto y de ningún modo evidente.
• Toda noción de infinito es artificial y mediata. La inmediatez de la existencia (y de la experiencia) reduce al mundo al alcance de la vista, del tacto y los sentidos, al espacio siempre limitado de las sensaciones. A dichas nociones de eternidad e infinito se accede desde la conciencia, nunca desde la inmediatez de la experiencia.
• La historia personal no es toda la realidad, pero es la única realidad inmediata.
• Todo lo demás es metafísica.
• La filosofía surge del asombro acerca de lo que para otros es banal. La historia de la filosofía en la vida del hombre es el testimonio de un permanente asombro y cuestionamiento acerca de la realidad que la generalidad asume como lo real sin más, como lo expedito y carente de misterio. La filosofía entiende la realidad como misterio, mas no como mística: el misterio se esconde tras capas sucesivas de razón, no tras barreras infranqueables de mística, de superstición o de verdades dogmáticas.
• Lo banal no es solo aquello que es intrascendente, es justamente la práctica habitual de despojar de trascendencia lo cotidiano, de desconocer su carácter misterioso.
• Si el carácter público del uno determina lo banal, también es ese carácter de la publicidad el espacio vital donde se hace posible la trascendencia del pensar: pues pensar, reflexionar, analizar la razón de los acontecimientos y la historia, no es un ejercicio de solipsismo, no es un reflexionar en torno a un individuo: es una proyección de la mente individual en el ser público, el pensamiento reflexivo trasciende inevitablemente en el otro, y aún desde la soledad más radical es el lenguaje del uno, el que piensa los problemas del uno y la soledad del uno.
• Desde un punto de vista eminentemente histórico, la metafísica no es posible más que como idea. Más allá de una interpretación objetivista de la realidad, la vida en tanto fenómeno y con ella, el universo mismo, es a la vez una constatación de la existencia, valga decir, una única e inmediata experiencia, y una certeza de la finitud de la experiencia en tanto constatación de la muerte ajena, de la muerte de los otros. La inconmensurabilidad del universo es más una reducción de la propia experiencia a la fugacidad de la historia personal, por mucho que el saber, la razón o la intuición proyecten eternidades e infinitos. Es por esto que fuera de la inmediatez de la historia personal toda certeza se basa en la fe, o si se quiere, en la pretendida trascendencia del Espíritu, manifestada como Historia, ciencia, arte o religiosidad.
• En este sentido, la historia personal es la única experiencia inmediata posible de la conciencia, y así mismo la posibilidad única del proyectarse: en ella se sintetizan la historia vivida, la trascendencia posible, la raíz ahistórica y el sustrato olvidado de toda experiencia.
• La filosofía frente a una experiencia banal del tiempo: ¿es la filosofía un modo de vivir y, en este sentido, es una experiencia particular del tiempo? ¿se puede hablar de la vida como experiencia del tiempo? Es decir, si de acuerdo con Heidegger, el ser mismo es la experiencia de existir en el tiempo, es la filosofía una experiencia particular del tiempo.
• Vivir es, esencialmente, una experiencia del tiempo; experiencia temporal en tanto historia acontecida y como historia vivida. La experiencia particular del tiempo, la constatación del devenir del tiempo y por lo tanto, del ser; a esto se puede llamar una vida particular, un ser en tanto existe, se consuma y experimenta su consumarse.
• Una filosofía si es tal, es un modo de experimentar el tiempo, una conciencia del hecho de ser, y por lo tanto una experiencia propia del tiempo. Es un compromiso únicamente con un modo propio de ver, lo que es una experiencia de la propia historia, la única experiencia posible siendo examinada en todo momento por la conciencia, desnuda y sola ante sí, ante el propio existir.
• Llamo banal a todo hecho distractor del propio término de la vida.
• La banalidad es el hecho de la consumación de la vida, hecho que de por sí y siempre es una constatación ineludible y ante la que nada puede hacerse, más que por la propia conciencia. El apropiarse de la experiencia de la vida como consumación, el alcanzar conciencia de este hecho, es la única apropiación posible. Todo otro fundamentarse de la vida en hechos accesorios a la vida misma es banalidad, es el existir medio cotidiano distraído en sucedáneos de la propia vida. Es evasión de la angustia propia de vivir.
• Dicha consumación es en sí misma un hecho banal cuando se carece de la conciencia apropiadora del mismo.
• Banalidad: "Tentación, tranquilización y alienación."
• Esbozo de un ensayo acerca de la temporalidad y de la banalidad de la experiencia temporal:
1. El ente particular que es el hombre, en tanto viviente, es en la medida en que experimenta el tiempo.
2. Esta experiencia del vivir es la única experiencia inmediata, evidente de por sí, por lo tanto, propia.
3. Sin embargo, si bien experiencia ineludible, y fuente de todo conocimiento posible, está siempre determinada, siempre sujeta al haber previo hermenéutico: siempre es experiencia de uno, hasta cierto grado siempre mediatizada y, en esa medida, susceptible de hacerse banal.
4. Esta condición hace de la vida una experiencia previamente determinada, moldeada por los prejuicios, presaberes, suposiciones y lugares comunes.
5. Un vivir propio es la tarea suprema de la conciencia, y en el caso del conocimiento, es la auténtica tarea filosófica: el entendimiento de la propia vida como imperfectum, como posibilidad.
6. Entender el ser como temporalidad, y la vivencia de la historia propia, de la historicidad, como la posibilidad propia de vivir y de asumir la vida como propia. Esta comprensión de la actitud frente a la historia como fundamento de un existir propio es probablemente lo que Nietzsche comprendió, de acuerdo a la aseveración que hace Heidegger.
7. Esta constatación es el inicio de la tarea ontológica fundamental, y debe ser asumida por cada hombre en sí mismo, cada vez: es la prerrogativa propia del Dasein, la posibilidad del hombre, pero es una responsabilidad histórica y una tarea, más que un privilegio. Es toda su posibilidad a la vez que toda su carga, y debe vivirla en tanto tarea histórica y responsabilidad.
8. Hasta aquí una fundamentación de la tarea. Lo demás será la determinación del momento histórico y el alcance de la propia conciencia.
9. Este compromiso total frente a la propia historia, puede que sea la tarea radical de todo creador, de todo artista, del filósofo y, en última instancia, del ser político en tanto sujeto de derecho y determinador de la propia realidad. El grado de su compromiso es la postura radical, inmediata, propia de su ser único ante la banalidad, ante el uno. Su responsabilidad posee el grado de su conciencia, de la actitud deliberante de su propia experiencia de vivir, asumida y no delegada en el uno, valga decir en los otros: en la tradición, en el estado, en la opinión pública o en la corrección política. Es el ser mismo de su conciencia y, por lo tanto, su auténtica y propia posibilidad de ser.
• De lo que se trata aquí es de entender la vida como experiencia única y particular del tiempo y la conciencia como posibilidad a su vez única y particular de experimentar en sí mismo ese transcurrir: la conciencia es conciencia de la temporalidad como estructura misma del existir y en consecuencia, experiencia de la propia consumación del tiempo que es la vida misma. Aquí se hacen importantes dos reflexiones que se hace en Nietzsche en sus consideraciones intempestivas: la primera de ellas es la reflexión acerca de la filosofía como un modo de vivir, en contraste con el ideario de la filosofía en tanto mero ejercicio académico y en el fondo banal, como pura búsqueda de evasión y huida ante la propia , inevitable realidad y certeza de la muerte propia. Por otra parte, la llamada que hace Nietzsche en la Tercera consideración intempestiva a trazar un único y propio camino, la semblanza de Schopenhauer y, de vuelta, la reflexión del mismo Schopenhauer en torno a una filosofía propiamente vivida en contraste con una "filosofía de universidad".
• La filosofía es el camino de la libertad como experiencia del propio tiempo, y la libertad es la mínima posibilidad de comprender la vida trascendiendo el haber previo, la carga hermenéutica por defecto asociada a la vida y emparentada con la conciencia.
• El pensar del uno desde la medianía no es necesariamente una opción inválida de vivir. No hay ninguna razón ética o moral en contra de vivir inmerso en la medianía. La ilusión contemporánea es la participación pública por medio de la opinión, en sus diferentes manifestaciones: el activismo, la polémica, la adhesión a alguno de los discursos disponibles y la creación de sistemas de pensamiento que se repiten al grado de ser llamadas corrientes de opinión. Son colectivas, si bien se alimente la impresión de que se trata de opiniones propias, de pensamientos independientes.
• La carga hermenéutica previa en la que se contiene todo el haber de tradiciones, prejuicios, juicios de valor, en una palabra, opiniones. Sin embargo, las opiniones individuales conforman al final un conjunto, no necesariamente heterogéneo, de opiniones particulares.
• Hasta aquí es claro por ahora que la experiencia inconclusa del tiempo, el existir, se abre como posibilidad, arrojada a la incertidumbre y ciega. El ser para la muerte siempre imperfectum, siempre inacabado provee a la vida de una conciencia particular: es esta, la evidente certeza de la consumación del tiempo mismo, la experiencia del tiempo.
• La existencia es por definición la experiencia del tiempo, del propio perecer. La historia es permanente agotamiento y vivir para la muerte.
• Esta conciencia dota a la vez, al vivir, de la posibilidad de un vivir impropio, o por el contrario, de un modo propio.
• En este sentido, la Segunda consideración intempestiva pone al ser histórico, al hombre, frente a la tarea de determinar cuál sea el carácter predominante de la historia en su vida y en su cultura. La admonición hecha por el oráculo, "conócete a ti mismo", y a su vez, la recriminación del filósofo a su época en cuanto de estudia, se lee, se discute y se piensa filosóficamente, pero de ninguna manera se vive de modo filosófico.
• Cuando Heidegger declara que Nietzsche conoce mucho más de lo que admite en el texto, se refiere a una cuestión de la mayor importancia en la lectura de Nietzsche en su discusión con la historia. Se concluye que se trata aquí de una cuestión fundamental, no para el estudio de Nietzsche, que al final es sólo discutir acerca de la filosofía, sino para vivir la experiencia propia de la historia, de un modo propio, valga decir, consciente.
• Al referirse al oráculo, y a Heráclito (ver) se señala un tipo histórico, el del filósofo como el que entiende, el que conoce. Esta misma figura se repite en la alegoría del propio camino en el inicio de la Tercera consideración. El mismo Schopenhauer se referirá a ese carácter banal de la filosofía.
• La banalidad de la historia y de la filosofía quedan definidas.
• Según lo visto, la filosofía ha consistido en un intento por alcanzar un conocimiento trascendental, absoluto y originario, un conocimiento sin supuestos, lo que significa, necesariamente, un conocimiento que no se atiene a la tradición, ni a la fe, ni a la lógica, ni a la pura razón, ni a los hechos objetivos: porque incluso los hechos objetivos derivan de una conciencia que los percibe, piensa, experimenta o imagina. En este sentido todo conocimiento es inmanente, subyace a la conciencia que lo piensa. Pero un conocimiento absoluto y trascendental tendría que dar cuenta de esta inmanencia misma, de la conciencia que hace posible toda idea, conocimiento, acto, en fin, todo objeto y toda objetivación. Esta inmanencia ha tratado de entenderse y de resolverse por diversos caminos: por la fe, por la lógica, por la experiencia. El camino más usual, sí bien el más absurdo, es el de la opinión. Toda filosofía, sí bien es subjetiva, y por el mismo hecho de ser subjetiva, corre el mismo peligro que todo sistema de pensamiento, y este es, el de ser banalizado, y ser en sí mismo banal, en tanto se acepta sin crítica. Banalidad es toda certeza aceptada sin un análisis riguroso, esto es: desde la inmanencia, trascendiendo a la categoría de un conocimiento cierto, a través de la crítica de los conceptos y de la captación de lo esencial. La banalidad es evidentemente la realidad del mundo, por cuánto toda experiencia puede ser banalizada, en tanto admitida y asimilada sin crítica, sin compromiso de la más originaria y auténtica razón. Esto que, como es, nuevamente, evidente, vale para toda nuestra comprensión del mundo (y así se banaliza toda experiencia, política, afectiva, histórica, artística, religiosa o si se quiere, espiritual) y vale por supuesto para la filosofía, valga decir, para la síntesis de la experiencia total humana que debería ser la filosofía, para el conocimiento de sí, no desde una mera subjetividad, sino desde la inmanencia, es decir, desde la definición de la experiencia humana, desde el conocimiento del ente que somos, estructuralmente el ente que pregunta, que experimenta el tiempo, que afronta el hecho de su propia muerte: el ente que existe.
• Al basar la experiencia de la conciencia en la relación sujeto-mundo, la filosofía pone el centro de la experiencia consciente fuera de la inmanencia, en un objeto (sin perjuicio de lo que este objeto sea y de la importancia y valor que se le quiera otorgar: universo, Dios, cosa en sí). Sin embargo, la filosofía debería ser la comprensión absoluta de la experiencia humana desde sí misma: ese es su auténtico valor y su verdadero objetivo. Y esa experiencia suprema corre el riesgo de resultar inofensiva, y ciertamente banal, es decir, puede correr la suerte de toda experiencia.
• Toda percepción actual de la realidad tematiza el pasado. Es decir, en toda percepción actual de la realidad el pasado se encuentra presente. El valor de la historia no es únicamente el que puedan tener los hechos acaecidos, los actos consumados, es decir la historia como lo acontecido y de ese modo como lo que ya no existe: el pasado no está muerto. La historia es en cierta medida lo que acontece, lo efectivo, y por lo tanto determina no sólo el pasado sino el porvenir. De allí que nuestra visión de la historia sea fundamental para no sólo para la percepción del pasado, sino más aún, para nuestra percepción del presente y para el porvenir. Esta es la importancia de nuestra actitud frente a lo acontecido, frente a la historia, pues su banalización implica a su vez el poder de esta banalidad sobre lo presente y sobre lo futuro.
• La interpretación banal del ser propio, o auténtico, es la que equipara autenticidad y "originalidad".
• Ser propio es una posibilidad del ente llamado Dasein. Pero es una obligación del filósofo en tanto conciencia de la cultura.
• Metafísica significa aquí: todo pretendido sentido inmanente y trascendente del sujeto, del objeto e incluso de la unidad Yo-Mundo. Nuevamente: fuera de la experiencia inmediata y personal, todo es metafísica, por lo tanto, sólo es posible un conocimiento existencial de la experiencia particular. Esta conciencia es el único fundamento posible de un vivir propio. El fundamento de la subjetividad no es otro que la existencia misma.
• La conciencia, en tanto fenómeno estructural del Dasein (es decir, de la naturaleza del hombre) refiere en sí misma la posibilidad más esencial de dicho ente: la posibilidad de comprender, la aperturidad del ente al ser en sí mismo; esto en la medida en que el Dasein no está abierto, a través de la conciencia, únicamente a la evidencia de los otros entes con los que co-existe, o a la mera presencia del mundo en el que se encuentra; la conciencia es el propio substrato de la existencia, es el horizonte en el que el hombre vive, existe, experimente su posibilidad. Este horizonte de lo fáctico es a la vez realidad y posibilidad, es la totalidad del haber hermenéutico previo en tanto es horizonte de interpretación (disposición, afectividad, discurso) y de la posibilidad en tanto horizonte fáctico en el que la propia existencia tiene su desplegarse.
• La conciencia, al ser tematizada, lo es como hecho evidente, inmediato, como experiencia inmanente fundamental y, por lo tanto, como el substrato originario de todo saber. Efectivamente, la conciencia es el modo propio de ser del Dasein, en tanto su posibilidad y la totalidad de su horizonte: todo comprender, preguntar, enunciar; toda afectividad, apertura o reflexión ocurren en el plano de la conciencia del Dasein en tanto ente, y del hombre particular que piensa, pregunta o reflexiona, en tanto caso particular de dicho ente que es el Dasein. Esta no debe ser tematizada como hecho biológico o sicológico en primer lugar, y tampoco como asunto teológico, es decir como camino para la demostración de la existencia de Dios. Antes de que la conciencia se aborde como ente (fisiológico, sicológico, teológico e, incluso diríamos, histórico o político), debe ser entendido y estudiado como hecho estructural esencial al Dasein. Es en la existencia fáctica donde la conciencia es posible, de forma única y eminente y por lo tanto cualquier análisis de la conciencia es en primer lugar, existencial.
• La comprensión como apertura, esto es, la conciencia, no es un acto concreto de la vida a través del cual esta queda "resuelta". Así como el ser existe, precisamente, existiendo, la conciencia se abre "comprendiendo". Lo que esto significa es que la apertura de la conciencia es una decisión a partir de la cual se pone en marcha un vivir en la resolución, pero de ninguna manera esta se concluye o se culmina. El vivir en el estado determinado del uno es una condición en la que permanentemente el Dasein se halla. Pensar en la resolución como una decisión o un acto en la que la vida queda resuelta y liberada del poder del uno, es una ingenuidad que el propio uno propicia. Esta ilusión hace parte justamente de las fórmulas o soluciones fácticas que el mismo uno proporciona, y en las que el hombre se acomoda y en las que se halla confortable.
• Aquí, el origen o principio del pensar (de la filosofía) no designa un momento histórico situado en el pasado remoto y al cual los historiadores de la filosofía se remontan, y fijan como un pasado ya resuelto y concluido: esta visión historiográfica de la filosofía (y en general, del pensar) constituye una ilusión más del uno, en la que el pensar la propia realidad y la experiencia del tiempo se omiten como la obligación propia, ineludible del pensar auténtico, y se resuelven en una fórmula, en un manual para la comprensión de la vida y para su desarrollo y ejercicio. Aquí la filosofía se hace banal, se reduce a una cronología de ideas que de acuerdo con el espíritu pragmático e industrial de la época, se superan y clasifican para el estudio de las generaciones presentes, sin producir en el horizonte de quien las estudia, una verdadera inquietud filosófica, una angustia y desazón, sino que las ideas se despachan como fórmulas resueltas y concluidas y por lo tanto, caducas. El ejercicio del pensar, por el contrario, debería tener un origen fáctico: el origen de la filosofía sería en esta interpretación, un constante despertar y permanente cuestionar y dudar, un momento resolutorio, no en tanto conclusión, sino como permanente comenzar desde el asombro, en cada filósofo.
• Esta imperiosa necesidad de un origen permanente de la actitud y de la resolución por la duda, por el pensar ha sido siempre vigente para el ente que pregunta, que piensa, que resuelve su posición frente a la historia, y que a partir de allí se proyecta y concreta sus posibilidades fácticas. El desenvolvimiento del pensar ha sido históricamente, existencialmente, la tarea propia el pensar; y lo es, particularmente, en un momento de la historia (del ser del Dasein, de la historia del hombre) en que la banalización de todo aquello que de manera más profunda transforma al ser mismo, a la existencia misma de los pueblos y las civilizaciones, pone en extremo peligro a la verdad, a la libertad y al pensar. No en tanto ideales del orden teológico, político, económico o moral, sino en tanto posibilidades fácticas, existenciales de estos órdenes en los que es la libertad y la verdad del hombre lo que está en juego en el plano de lo real, en la existencia de las generaciones y en su posibilidad de ser libres o esclavas; de pensar y decidir su destino o de simplemente obedecer; y de actuar desde una conciencia moral auténtica o de perderse en el egoísmo supremo.
• Perderse en el ruido y la habladuría y con ello, aniquilar toda posibilidad para el callar, para el silencio y para el llamado de la conciencia.
• Asistimos a una era de posibilidades aparentemente ilimitadas, en cuanto se refiere a la comunicación y el acceso a la información; de exacerbación de las opiniones, los apetitos personales y las reivindicaciones de los deseos e impulsos, y una cierta liberalización de los derechos individuales. A la vez, presenciamos la creciente represión de los movimientos sociales, la regresión en cuanto a los derechos colectivos, así como la secularización de formas de explotación y coartación de la libertad de pensamiento y acción.
• El mundo está poblado por entes; pero uno de estos entes no es como los otros, es diferente de todos los demás.
• La filosofía como una ocupación banal.
• La filosofía banal y la Praxis banal.
• Heidegger y Nietzsche.
• Schopenhauer.
• Acerca de la Filosofía como banalidad y de la Historia como banalidad.
• El único compromiso del filósofo es con su propia autenticidad, con lo auténtico de su pensar. Nuevamente, auténtico no significa original, lo que puede ser una interpretación banal de lo auténtico.
• Cfr. República VII, 514a - 518b.
• Desde la alegoría de la caverna, lo banal es el tema propiamente filosófico; es decir, que la banalidad es todo lo opuesto a la filosofía, pues lo banal es el encubrimiento del hecho esencial de la existencia, es decir la conciencia de su finitud. De la finitud inmanente y consabida ya de forma pre-ontológica, valga decir, previa a toda filosofía, le viene al hombre la noción de trascendencia. Pues permanentemente existe, sale de sí y en este movimiento extático, va hacia su posibilidad que es su propio ser.
• Descartes, Meditaciones metafísicas, (I, 12, 16).
• La actitud natural es, en este punto de la historia del hombre, la actitud más antinatural que se pueda imaginar. Pues aunque acude al exacerbamiento de sus impulsos, y aunque si trascender, y su existir en tanto experiencia extática estén adormecidos por un sopor cotidiano, este vivir suyo no tiene nada de natural.
• Todo pensamiento filosófico es en primera persona, y no puede serlo de otra forma. La primera persona se refiere aquí a un modo de conjugación verbal pero, ante todo, a un modo de ser en lo existencial. En su autenticidad, en su propiedad, en lo que tenga de originario, la filosofía es siempre la interpretación del ser inmediato, del ser personal y por lo mismo, absoluto. El ser propio es la única experiencia inmediata, evidente de por sí, y cualquier interpretación teórica de la experiencia, de la tradición, de la Historia, revela, en grados distintos de abstracción, siempre un horizonte propio, único.
• Banal es aquello que nos distrae del hecho fundamental de la existencia. En filosofía, es banal el pensamiento que no pasa por la interpretación inmediata y absoluta del ente que piensa. Digo ser en general y ente en particular, en tanto aquello que piensa en mí en tanto ente que piensa, es el ser mismo, el hecho mismo de existir. Esta constatación no cambia el modo de ser del ente, pero en un pensar propio cambiaría el existir mismo.
• Se acude al auge de un tratamiento banal de la Historia.
• La palabra hombre designa una única posibilidad concreta de acceder a la experiencia inmediata del Ser.
• El ser del hombre consiste en existir. En tanto el ser del ente que no es el hombre sigue siendo siempre comprendido en tanto experiencia mediata, el existir es experiencia inmediata, concreta, y por lo tanto, el único conocimiento inmediato, originario y concreto posible. Sin embargo, esta experiencia del ser que es la vida humana, lo es sólo de forma auténtica y originaria en tanto consiste en ser consciente, en comprender. El ser es comprensión y es descubrimiento del ente cuando es obra, la obra es el auténtico despliegue del ser.
• El ser concebido como Dios es creación. El ser concebido como naturaleza es ente. En ambos casos, el ser consiste en una experiencia que sólo es mediata, que es, en el fondo, incognoscible (cosa en sí). Pero el ser del hombre es experiencia inmediata y concreta, la única posible: ser histórico, que se despliega. Banal es aquella comprensión del ente que se atiene a lo mediato.
• El despliegue del ser es histórico. Es proyecto.
• El ser se manifiesta en la obra.
• El acto es el ser. El acto banal es manifestación de un ser banal, y a su vez la obra banal y el acto banal configuran un ser trivial, carente de significación existencial.
• La experiencia de lo banal determina un modo de ser intrascendente.
• Si el universo, tal como sospechamos, está colmado por el ente, entonces la nada es la creación suprema de la mente humana. El nihilismo es por lo tanto su tentativa de escapar a su único destino, que es a su vez el mayor privilegio y su tragedia: la conciencia.
• En su acepción puramente negativa, el nihilismo adquiere la forma de la pura banalidad; la banalidad, por lo tanto, es una forma de la negatividad en tanto negación de la conciencia. Es un negarse a la conciencia, es supresión de la conciencia en el vacío de sentido y autenticidad.
• Llamo banalidad en este sentido al olvido deliberado de las posibilidades del ser, de la libertad de obra y pensamiento consciente y de la responsabilidad que se asumiría ante dicha conciencia.
• El sentimiento banal, como el entrenamiento, la distracción, la curiosidad y la ambigüedad, reduce la experiencia de convivir entre los otros y con los otros. El olvido del ser se manifiesta de esta forma en nihilismo, en vaciedad de sentimientos, emociones o de experiencias. La banalidad llevada a su extremo significa el nihilismo absoluto, la negación del ser. Sin embargo, la banalidad de las experiencias y los fenómenos es una condición que depende del valor que la experiencia tenga para el ser que la vive. Por esto se afirma que no hay experiencias banales, sino existencias banales.
• Lo banal no es el hecho en sí mismo, sino el grado de significado que pueda tener.
• Resolución es el tránsito del ser posible al ser real.
• ¿Es posible que lo apolíneo y lo dionisíaco se correspondan con los hemisferios cerebrales, es decir, con las dos tendencias alternativamente dominantes de la conducta y de la inteligencia: el instinto orgiástico y el ascetismo de la razón?
• El sentimiento religioso asume la existencia desde el carácter del ser creado, de la creatura: como tal, el universo no requiere de una explicación para poseer sentido. El arte en cambio transfigura la existencia en creación: crear es para el artista el único sentido. La filosofía, a su vez, extraña del ser la categoría de ser creado, pues su único fundamento es la experiencia humana. Del mismo modo, la filosofía no puede entender el sentido del ser como un exclusivo crear, como la embriaguez y el sinsentido del que pueden brotar las creaciones artísticas. Suya es una comprensión de la vida que pone en duda toda convicción: la del hombre religioso que encuentra en Dios toda validez y significado, o la del artista cuyo impulso creador puede ignorar alegremente (sin perjuicio de todo el dolor que conlleva el hecho mismo de crear) el sustrato problemático de su existencia y de su acto creador. Para el filósofo, la absoluta adhesión a la fe, así como la ceguera del acto creador, no son suficientes. Él busca incesantemente certezas que sabe inexistentes de antemano, y arroja al vacío del mundo intentos de captar el sentido del ser, de la historia, de la vida, y estos carecen de la firmeza de la fe, del gozo de la creación, pues son demasiado humanos, y por lo tanto mortales, y por lo tanto insuficientes. El suyo es un saber sin más fundamento, y sin más trascendencia que la vida misma, la simple vida mortal sin fundamento ni trascendencia.
• La banalización de los ámbitos de la vida oculta de ellos lo que puedan tener de originario, lo que puedan ofrecer en tantos entes al propio ser: es decir que una experiencia banal de lo religioso, de los afectos o de las ideas, es un empobrecimiento de la experiencia y, en cierto modo, del propio ser.
• Sobre Filosofía y banalidad, cfr. Gorgias.
• La discusión ética, política, sí se quiere moral, se convierte en un intercambio de opiniones, en habladurías ambiguas. Esta banalización de la discusión hace banales los temas y más aún, los hechos mismos. Es decir la banalidad es pérdida de significado de los temas discutidos, pero en el fondo es más, es pérdida de la esencia del hecho en sí, es pérdida del ser de la cosa misma de la que se discute, de la que se opina. En esa medida ámbitos enteros que pertenecen a la dimensión más propia del ser, como la razón y la racionalidad de los hechos humanos, como la ética y la eticidad de los actos, como la verdad y la veracidad de la información, y con ello, los conceptos mismos que una cultura alienta y perpetúa como lo ético, como lo racional y por supuesto como la verdad misma, están en constante trance de ser canalizados, de hacerse banales en sí mismos; no ya en el ámbito de la publicidad y de la opinión, sino en su propio ser.
• ¿Esta pérdida del sentido, es tal pérdida o es ocultamiento?
• Si lo segundo es correcto, para que haya un ocultamiento del sentido ser, hace falta que haya un sentido del ser.
• Desde la óptica del hombre, y estrictamente desde esta óptica, el sentido posible que se nos revela al examinar el fenómeno de la existencia como experiencia de la historia, es un sentido asociado a esta misma experiencia de la historia.
• La banalidad es desde esta perspectiva, la pérdida de valor de la experiencia para la historia concreta misma del ente que experimenta dicha historia.
• La filosofía, o si se quiere, el pensamiento filosófico, actúa como saber concreto en tanto no escribe las leyes aunque inspira el espíritu de la ley, la idea de la ley que la anima. Sin embargo en tanto despliegue del ser, el pensamiento determina y da forma a la cultura. A la forma subyace el contenido de la esencia de ese pensamiento particular que alienta en cada época la ley, el arte, la ciencia y la cultura. Una sociedad debe ser capaz de pensarse a sí misma, con sentido de la Historia, con crítica y con ironía.
• Sí lo banal es encubrimiento, la experiencia auténtica es descubrimiento, desocultamiento, aletheia.
• Si acaso existe un sentido posible para el ser terrenal, para el mortal, éste debería ser el de la vivencia y la conciencia de una experiencia auténtica. Lo banal es inauténtico en cuanto dota de escaso valor a la existencia, sí entendemos como valor ese modo de ser que orienta la voluntad.
• Los actos banales reflejan un ser banal y experiencias impropias.
• Quizá más que de actos triviales se debería hablar de experiencias triviales.
Notas Filosofía, Historia y Banalidad (6)
• En este hecho que venimos denominando supremacía de lo banal, se reviste de banalidad aquello que en realidad no es trivial, ni banal,...
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Artículo publicado por la revista Cuestiones de Filosofía de la UPTC - Colombia, agosto de 2021 https://doi.org/10.19053/01235095.v7.n28.202...
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